Dar la vuelta al jamón: vivir la segunda mitad mejor que la primera

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octubre 1, 2025

Agencia2VM

vivir la segunda mitad mejor que la primera

En cada cumpleaños redondo, esos que terminan en cero, aparece la misma pregunta, a veces en voz alta, a veces en silencio: “¿Ya he vivido más de lo que me queda?” En España solemos responder con una metáfora tan cotidiana como poderosa: “Hay que darle la vuelta al jamón”.

La imagen es clara: no importa tanto el tamaño de la pieza, sino la calidad de las lonchas que aún podemos cortar. Nadie quiere llegar al final de la vida con un jamón reseco, fibroso o insípido; lo que todos deseamos es que las últimas lonchas sean tan jugosas y sabrosas como las primeras. Esa es la verdadera cuestión de la longevidad: no cuántos años vivimos, sino cómo los vivimos.

De la cantidad a la calidad: lifespan Vs. healthspan

La ciencia de la longevidad distingue entre dos conceptos fundamentales. Por un lado, está la vida completa (lifespan), el número total de años que dura nuestra existencia. Por otro, la vida en salud (healthspan), es decir, los años en los que podemos vivir con autonomía, vitalidad y bienestar, sin enfermedades incapacitantes o dependencia.

La OMS utiliza una métrica concreta para este concepto: el HALE (Healthy Life Expectancy), o esperanza de vida saludable[i]. Este indicador descuenta del total de años aquellos vividos con limitaciones significativas. Así, dos personas con la misma edad pueden tener “longitudes de jamón” distintas en cuanto a calidad: una puede disfrutar de sus años con energía y proyectos, mientras que la otra convive con fragilidad y enfermedad [ii].

Este matiz es crucial. No se trata de añadir tiempo a la vida de cualquier manera, sino de añadir vida a los años, que esos años se vivan con intensidad y sabor.

El ideal científico: comprimir la morbilidad

Uno de los objetivos centrales de la gerontología es lograr la llamada por la ciencia compresión de la morbilidad[iii]. Detrás de ese término está un deseo muy simple y profundamente humano: vivir con salud el mayor tiempo posible, y que el deterioro llegue tarde, se concentre en poco tiempo y no robe demasiados años de plenitud.

Imaginemos esa curva vital de la que hablan los investigadores. En lugar de un descenso lento, lleno de baches y pérdida progresiva, el camino se mantiene firme, alto y estable durante casi toda la vida. Y solo al final, una caída rápida, que sabemos que es inevitable, pero que sería mucho menos cruel.

Si continuamos con nuestra metáfora gastronómica, sería como tener un jamón que conserva su jugosidad, su sabor único, hasta la última de sus lonchas. Bocado a bocado, el sabor se mantiene intenso, sin pasar por años de sequedad, fibras duras o aroma perdido. Se trata de ese final pleno, digno, casi redondo que todos queremos y necesitamos.

Un nuevo lenguaje para hablar del envejecimiento

Durante mucho tiempo la palabra “vejez” servía para todo. Era una etiqueta cómoda, pero poco precisa. En realidad, metía en el mismo saco situaciones muy diferentes: alguien que empieza a perder agilidad a los 65 y otra persona que con 85 sigue activa y lúcida.

La OMS decidió que eso ya no bastaba. En la última versión de su clasificación internacional de enfermedades (ICD-11) propuso un lenguaje nuevo, más afinado[iv].

Por ejemplo: en lugar de hablar de “vejez” como tal, ahora se habla de disminución de la capacidad intrínseca asociada al envejecimiento (MG2A). Dicho de otra forma, el desgaste natural de funciones físicas y cognitivas que se da con los años. También aparece otra categoría: condiciones relacionadas con el envejecimiento (XT9T), que agrupa problemas de salud que suelen darse en personas mayores, pero que no son exclusivos de ellas.

El cambio puede parecer pequeño, pero en realidad es grande. Dejar de llamar simplemente “viejo” a alguien y empezar a describir con más precisión qué le pasa, nos ayuda a entender mejor qué ocurre en el cuerpo. Y también a desterrar esa visión reduccionista de que cumplir años equivale a perderlo todo.

Las claves biológicas del envejecimiento

¿Por qué hay personas que llegan a los 90 caminando ligeras, con la mente clara, y otras que mucho antes ya conviven con un deterioro evidente? La respuesta no está solo en la suerte o en los genes, sino en una serie de mecanismos que la ciencia ha ido descifrando en los últimos años.

A esos mecanismos se les conoce como los hallmarks of aging, o “claves del envejecimiento”. El término lo propuso en 2013 el investigador español Carlos López-Otín junto a su equipo, y se ha convertido en una especie de mapa para entender cómo envejecemos[v]. En 2023, con nuevos hallazgos, esa lista se amplió[vi].

Las primeras nueve claves del envejecimiento describen fallos que, poco a poco, van apareciendo en nuestras células:

  • Inestabilidad genómica: errores que se acumulan en el ADN.
  • Acortamiento de telómeros: el desgaste de esos “capuchones” que protegen a los cromosomas.
  • Alteraciones epigenéticas: cambios en cómo se regulan los genes, aunque el ADN no cambie.
  • Pérdida de proteostasis: el sistema de limpieza de proteínas dañadas empieza a fallar.
  • Desregulación del nutrient-sensing: las células dejan de detectar bien los nutrientes y se confunden.
  • Disfunción mitocondrial: nuestras “centrales energéticas” producen cada vez menos energía.
  • Senescencia celular: células “zombi” que ya no funcionan, pero siguen ocupando espacio.
  • Agotamiento de células madre: la reserva para reparar tejidos se agota.
  • Comunicación intercelular alterada: las células dejan de coordinarse bien entre ellas.

En 2023 la lista creció. Se añadieron tres nuevas claves que completan el retrato del envejecimiento.

El primero es la autofagia desactivada: ese mecanismo de reciclaje interno de las células que, cuando funciona, limpia lo que sobra y renueva lo que hace falta. Con la edad, se ralentiza, y la casa empieza a acumular polvo.
El segundo es la inflamación crónica, una especie de fuego lento que no se apaga nunca y que, con el tiempo, va desgastando tejidos por dentro.
Y el tercero es el desequilibrio microbiano: nuestra microbiota intestinal deja de estar en armonía y, en vez de echarnos una mano, empieza a ponernos trabas.

Nada de esto es un destino escrito. Son pistas, señales de dónde mirar. Un mapa que la ciencia nos ofrece para entender qué falla y, sobre todo, qué podemos cuidar. Porque conocer estos procesos es el primer paso para intervenir en ellos. Y ahí es donde entran nuestros hábitos, lo que hacemos, y lo que dejamos de hacer, en la vida diaria. Dormir bien, movernos, comer con conciencia, rodearnos de un buen entorno. Todo eso pesa más de lo que creemos.

La oportunidad está justo ahí: en transformar el conocimiento en elecciones cotidianas. No se trata solo de sumar años al calendario, sino de que esos años se vivan con sabor, con energía, con proyectos que todavía apetece empezar.

Lo que podemos hacer: estrategias para una longevidad sabrosa

¿La genética importa? Claro. Pero no es lo más decisivo. Lo que realmente marca la diferencia son nuestros hábitos: las pequeñas elecciones y repetidas que hacemos cada día y que convertimos en costumbres. Aquí es donde jugamos la partida al envejecimiento, lo que marcará si nuestro jamón conservará el sabor o empieza a secarse demasiado pronto.

Nutrición consciente

No se trata de seguir dietas imposibles. Se trata de elegir bien. Frutas y verduras frescas, legumbres, frutos secos, aceite de oliva virgen extra. Alimentos que alimentan de verdad, que protegen a nuestras células del desgaste y aportan antioxidantes y polifenoles. La dieta mediterránea es un buen ejemplo: sencilla, sabrosa y respaldada por la ciencia. En términos de nuestra metáfora, es la bellota que hace posible que la pieza cure con calidad, que mantenga su aroma y su jugosidad.

Actividad física constante

El cuerpo es una máquina. Está hecho para moverse. No hablamos de entrenamientos extremos, sino de movimiento diario: caminar, subir escaleras, bailar, nadar, levantar algo de peso. Gestos sencillos y movimientos que mantienen los músculos fuertes, los huesos resistentes y nos llenan de energía. El cerdo ibérico no está encerrado: corre, camina y se mueve en libertad por la dehesa. Este movimiento natural, habitual y funcional es el modelo perfecto para nuestro propio ejercicio diario.

Sueño reparador

Hay que dormir, y hay que dormir bien. Es como ese tiempo en bodega, cuando el cuerpo repara tejidos, el cerebro elimina toxinas y la memoria se asienta. Lo contrario, dormir mal o poco, acelera la inflamación, debilita las defensas y nos resta vitalidad. Sin este reposo necesario, el jamón se agrieta; con él, adquiere carácter y consistencia.

Entorno saludable

No vivimos solos ni en un vacío. Las personas que nos rodean, el propósito que nos mueve y la forma en que manejamos el estrés tienen un impacto real en nuestra salud. La soledad crónica o el estrés sostenido son factores de riesgo comparables al tabaco. En cambio, un entorno positivo funciona como el secadero perfecto: temperatura adecuada, aire limpio, condiciones estables. Sin ese contexto, es difícil que la pieza llegue a buen puerto.

Suplementación estratégica

Incluso con buena alimentación y hábitos sólidos, a veces necesitamos un apoyo o empujón extra. La ciencia avala ciertos suplementos en casos concretos: vitamina D cuando existe un déficit, omega-3 para la salud cardiovascular o antioxidantes. No son fórmulas mágicas, pero sí un ajuste fino que debemos añadir a nuestra rutina siempre con criterio y basándonos en ciencia sólida. Igual que el maestro jamonero controla la humedad o afina el corte, los suplementos bien elegidos y con supervisión ayudan a mantener el equilibrio cuando el cuerpo lo necesita.

Innovación científica y longevidad

Mientras tanto, la investigación sobre el envejecimiento vive un momento muy dulce y apasionante. Se exploran todo tipo de terapias y opciones que buscan regenerar tejidos dañados. También se estudian moduladores de la autofagia, ese sistema interno de reciclaje celular que con los años se ralentiza. Y hay fármacos en desarrollo que actúan sobre rutas metabólicas relacionadas con la longevidad, como la restricción calórica mimética o la activación de sirtuinas.

Muchas de estas intervenciones aún están en fases experimentales. Pero apuntan en una dirección clara: la ciencia ya no se conforma con tratar las enfermedades cuando aparecen, sino que busca adelantarse, prevenir, optimizar el envejecimiento para que la última parte de la vida tenga calidad y no solo duración. Como un jamón bien cuidado, que conserva aroma y textura hasta el final.

Sí, demos la vuelta al jamón

Y con esto, volvamos de nuevo a la imagen con la que empezamos. Dar la vuelta al jamón no significa resignarse a esa idea del envejecimiento que solíamos tener, sino decidir, de una forma consciente, cómo queremos vivir la segunda mitad de la vida. La evidencia científica ya muestra que no estamos condenados a un declive inevitable con el paso de los años. Tenemos un amplio margen de acción para conservar la vitalidad, la energía y la fuerza, ese el sabor y esa textura de nuestra pieza hasta la última loncha.

Al final, la longevidad que realmente merece la pena no se mide en cuántas velas soplamos, se mide en la capacidad de seguir viviendo con fuerza, con salud y con tiempo de calidad. Porque, en definitiva, de eso se trata: que cada loncha de nuestro jamón vital sepa a lo mejor de nosotros mismos, porque la vida, como un buen jamón, es demasiado valiosa como para no disfrutarlo hasta el final.


Referencias

[i] World Health Organization. World report on ageing and health. Geneva: WHO; 2015.

[ii] Beard JR, Officer A, de Carvalho IA, Sadana R, Pot AM, Michel J-P, et al. The world report on ageing and health: a policy framework for healthy ageing. Lancet. 2016;387(10033):2145-2154.

[iii] Fries JF. Aging, natural death, and the compression of morbidity. N Engl J Med. 1980;303(3):130-135.

[iv] World Health Organization. International Classification of Diseases 11th Revision (ICD-11). Geneva: WHO; 2019.

[v] López-Otín C, Blasco MA, Partridge L, Serrano M, Kroemer G. The hallmarks of aging. Cell. 2013;153(6):1194-1217.

[vi] López-Otín C, Galluzzi L, Freije JMP, Kroemer G, Madeo F. Hallmarks of aging: An expanding universe. Cell. 2023;186(2):243-278.

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